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PALABRAS VACÍAS: ARMAS DE DESTRUCCIÓN MASIVA
El otro día leí una entrevista al arquitecto británico Kenneth Frampton, autor del libro Una historia crítica de la arquitectura moderna, donde manifestaba que el coche era el invento más apocalíptico de la historia, considerándolo un arma de destrucción más potente que la bomba atómica, pese a que sus efectos, más silenciosos y dilatados en el tiempo, no se aprecien a primera vista. Con independencia de que se pueda estar más o menos de acuerdo con semejante afirmación y que, aparentemente, todo apunte a que nos hallamos ante una exageración, lo cierto es que, en ocasiones, lo que consideramos completamente inofensivo e inocuo puede producir a la larga efectos perturbadores de difícil o imposible reparación.
Para mí, un ejemplo de ello sería el mal uso de las palabras, conceptos que, por su reiterada utilización de forma banal e inapropiada, terminan por desembocar en un vacío de su contenido que solo conduce a la desconfianza de quien los escucha. En el lenguaje político es muy habitual oír a quienes se consideran nuestros líderes o representantes utilizando expresiones como “interés general”, “interés público”, “regeneración democrática”, “libertad”, “justicia”, “honorabilidad” o “cambio” cuando, sin embargo, la mayor parte de la gente percibe que, bajo esas palabras tan atrayentes, se esconde un interés partidista, una regresión democrática, menor libertad y justicia, corrupción y más de lo mismo. Acostumbrados a oír conceptos vacuos, nos hemos inmunizado utilizando como única medicina el desinterés, la decepción o el pasotismo.